Demorado

No me acuerdo ya de cuantos años tenía y tampoco sé exactamente en que lugar del Meta estábamos en esas vacaciones, pero recuerdo que nos detuvimos en un lugar donde una gente con palas trabajaba junto a unas montañitas de hoja de coca. Era un viaje sin ninguna planificación, un viaje desbaratado como el Toyota de mi papá, en el que él estaba más ocupado en conversar y en tomar cerveza que en los asuntos prácticos y aburridores que conlleva viajar con dos niños. Apostaría que mi hermano y yo pasamos en esas vacaciones muchos días seguidos con exactamente la misma ropa sin que mi papá se percatara. Es posible que haya sido en esas vacaciones también cuando pasamos por Mapiripán, pueblo que se convertiría algunos años mas tarde en el escenario de una famosa masacre de las AUC. Recuerdo que vi un letrero vertical en una droguería: “MAPIRIPAN”, y me lamenté interiormente de que el nombre del pueblo no terminará en M, lo que lo hubiera hecho palíndrome.

Fue en ese viaje en el que en algún momento pasamos, no sé por qué, unos cuantos días en una ranchería precaria donde no había nada que hacer para un niño salvo dedicarse a la observación de unas hormigas monstruosas que se comían cuanto infeliz bicho se les pusiera al lado.

Una mañana me desperté y en el rancho ya otras personas estaban por ahí despiertas, tomando tinto. Estaba mi papá y un tipo que no se quien era, probablemente algún habitante circunstancial de ese caserío. Mientras conversaba con mi papá, el tipo en cuestión agarró desprevenidamente uno de mis zapatos del suelo y lo sacudió (una de las consignas en ese lugar salido de “La vorágine” era revisar los zapatos por la mañana antes de calzarlos, en caso de que en ellos algo hubiese decidido hacer su nido durante la noche). Fue ahí cuando vimos salir del zapato un ciempiés enorme que inmediatamente huyó del lugar, buscando alguna rendija en el suelo. Impresionado, durante el resto del viaje nunca se me olvidó el asunto de revisar los zapatos. Tampoco he vuelto a ver un ciempiés igual de grande en toda la vida.

Como 25 años mas tarde estaba caminando al trabajo, en Montreal, pensando en cosas que no tenían nada que ver con zapatos ni ciempieces ni llanos orientales ni nada, cuando no sé de donde la verdad se reveló en mi mente, nitida: obviamente el que el tipo hubiera sacudido mi zapato no había sido un hecho fortuito, tuvo que haber sido él mismo el que puso el ciempiés en mi zapato de antemano, antes de que yo me despertará. Una farsa con fines pedagógicos.

A veces me demoro un rato en conectar los puntos.

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