Juzgando a todo el mundo en el bus

Llegué al terminal de Montreal faltando cinco minutos para la hora de salida del bus. Como el bus estaba al frente mio, decidí que tenía tiempo, entré a una tienda y me compré unas gomas, antes de entrar al bus. Frente a la puerta del bus estaba el chofer del bus (era el mismo de por la mañana), un señor por ahí de 50 años, con barba ya un poco gris, junto a un tipo que asumí era otro chofer de bus, más joven, por ahí de 25 a 30 años. Los dos estaban con las manos en los bolsillos, parchando frescos. El chofer, que me vió salir de la tienda, me dijo sonriendo cuando le extendí el tiquete de bus “llegando a último minuto, ah?” yo si “si, ah? es que no tengo afán”, a lo que el otro tipo, el joven, anotó, “si, bien, así es que hay que vivir, sin afan, ah?” (la traducción es mía). Me subí al bus con cara de “ah?” pero satisfecho con mi respuesta y juzgando que se trataba sin duda de dos buenas personas.

Ya en el bus me tocó sentarme en una de las últimas sillas ya que aunque había otros puestos libres antes, la gente al lado había puesto en ellos sus morrales o chaquetas. Me dije que se trataba de gente desconsiderada, sin ningún savoir vivre, que la mínima cortesía es esperar que todo el mundo se suba antes de apropiarse de la silla de al lado. Me toco sentarme junto a un señor gordito que tenia desplegada la mesita del espaldar de la silla de al frente en la que había puesto su iPad para jugar un juego de Star Wars. Dificil adivinarle la edad al señor, por ahí 40 yo creo. Con gafas.

En el par de sillas del lado opuesto había un tipo de aspecto lechoso, por ahi 25 años, absorto, entregado a la contemplación de sus propios pensamientos. Era uno de los que tenía cosas en la silla de al lado. Llegó al poco rato un adolescente (14 o 15 años, por ahí) y le pidió amablemente que si podía correr las cosas. El hombre lechoso lo miro con cara de “en serio me va a hacer mover mis cosas?”. Finalmente movió las cosas, haciendo mala cara. Lo consideré a partir de ese momento como un enemigo. Incongruentemente luego se le presentó al joven “Me llamo Gabriel, mucho gusto” y luego le hizo la conversación preguntandole cosas de vez en cuando pero sobre todo hablando de él mismo y dandole consejos, en un tono que me pareció tan desagradable como sospechoso.

Media hora después, en la silla al frente de la del adolescente, una joven de jeans apretados y uñas largas pintadas de blanco contestó su teléfono y dijo dos veces, “No me metas en tus cuentos, eso me enfurece”, la primera vez medio tranquila y la segunda vez medio gritando. En cualquier caso siguió conversando como 40 minutos, a pesar de su reticencia a ser involucrada en los cuentos de su interlocutor.

Saqué mi libro, esperando secretamente que su gran tamaño infundiera respeto entre la banda de ignaros que me rodeaba.

Luego saque una naranja, y el señor de al lado me ofreció amablemente una bolsa para botar las cascaras. Se trataba tal vez de un aliado. El señor habló un par de veces con una mujer por teléfono. Era imposible saber, por el tema y el tono, si se trataba de su esposa o de la mamá. Pobre señor, me dije, se ve que vive sereno, sin saber que tiene pura cara de persona insignificante, que debería tener un poquito de pudor, como todo el resto de personas  que parecemos insignificantes, y expresar un mínimo de angustia existencial con sus ademanes y su actitud ante la vida. Indiferente a mis reflexiones, el pobre diablo siguió tranquilo hablando con la esposa o la mamá y jugando Star Wars en el iPad.

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