Fin(es) de la historia

El fin de la historia fue una idea propuesta por Francis Fukuyama según la cual el ser humano habría encontrado en la “democracia liberal” la forma óptima de organización de la sociedad. Según esta tesis, en los países occidentales se habría llegado ya entonces al destino final, el horizonte infranqueable de la evolución política y económica de la sociedad.

Los escépticos de esta teoría señalan lo tremendamente afortunados que tendríamos que ser para haber nacido en esa minúscula porción de la historia en el que se descubrió ese equilibrio estable e ideal que se supone va a perdurar eternamente de aquí en adelante. (Una suerte casi tan grande como la que supone creer que dios mandó a su único hijo a la tierra después de 200.000 años de existencia del ser humano y que justo a nosotros nos toco nacer apenas unos siglos después).   

Creo que se puede hablar de un fenómeno mas general, la imposibilidad del ser humano a pensar en las costumbres e ideas de su propia época como otra cosa diferente a “la manera natural”, la manera final, la más apropiada a la naturaleza del ser humano. Y esto a pesar de que basta mirar hacia el pasado para darse cuenta que las personas de otras épocas sentían lo mismo sobre sus propias idiosincrasias (o simplemente observar otras culturas). Es imposible sustraerse a ese fenómeno. Probablemente ni siquiera podemos saber exactamente cuales son nuestros propios “fines de la historia” en los que creemos firmemente sin haberlos nunca articulado explicitamente. Aquellas ideas de las que sospechamos y sobre las cuales podemos elaborar una crítica (el capitalismo, la familia tradicional, etc) ya han perdido su status de “fin de la historia”, por más hegemónicas que sean. Los verdaderos “fines de la historia” son aquellos para los cuales ni siquiera podríamos imaginar que existe una alternativa, ni tenemos el lenguaje apropiado para hablar de ella. Por definición, son aquellos sobre los cuales no estamos conversando.

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