Cuento de navidad

Era la víspera de navidad y Antonio “Toño” Botero se despertó confundido, con dolor de cabeza y la camisa manchada de sangre. Luego de cinco minutos de letargo se levantó, caminó pesadamente a la cocina y se preparó un café. Como todas las mañanas, el café le supo asqueroso. A Toño le gustaba pensar que si hubiese alguien con quien compartir su vida el café le sabría mejor. En el fondo sabia que no cambiaría nada, dado que el café lo preparaba en una máquina que no dejaba nada al azar. En cualquier caso, lo cierto era que desde hacía un tiempo la soledad comenzaba a pesarle.

Al tomar la ducha, la bruma mental comenzó a disiparse y Toño recordó que la noche anterior había salido con sus colegas de trabajo a tomarse algo. Como siempre, habían discutido sobre la vida, la guerra, el amor, el sexo, la paz, la política, las ultimas fotos de las vacaciones de Laurita en Facebook, en fin de todos aquellos temas que constituyen desde el alba de los tiempos la materia prima del arte y la filosofía. Temas de los cuales la sensación de horror que viene con entender de ellos que nunca se les encontrará un verdadero sentido va invadiendo a cada hombre de nuestros tiempos hasta convertirlo en ese ser frágil y vulnerable, esa versión enternecedora  del homo sapiens que puebla hoy en día las ciudades de nuestro planeta. El nihilista de oficina.

Era precisamente de nihilistas de oficina que se llenaba el establecimiento donde Toño y sus amigos habían estado departiendo la noche anterior, el famoso “Tonada para un torero” de la 6ta con 19. Desayunadero en las mañanas, expendio de almuerzos ejecutivos al medio día, “Tonada para un torero” era un altar de la salsa en la cabeza de su propietario y oficiaba en realidad como tertuliadero de burócratas cuadragenarios, durante las noches. Su clientela contaba con algunos personajes de alcurnia sospechosa, como aquel concejal flacuchento y libidinoso con ínfulas de poeta, pero también con uno que otro aristócrata en toda regla, como el capo de una peligrosa red de atraco y cosquilleo que sin duda compartía sangre tanto con Nicolas de Federman como con el cacique Timanco. La mayoría de comensales eran sin embargo simplemente gente ordinaria, trabajadores encerrados en un ascensor social eternamente atascado en el segundo piso. Aquella noche, la decoración de navidad pasada de moda que cubría el lugar le daba un aspecto lúgubre.

Luego de vestirse, Toño metió la ropa sucia en la lavadora. Fue entonces cuando recordó la razón por la cual su camisa tenia manchas de sangre. Al regresar a su casa a media noche, subiendo a la plataforma de acceso al sistema rápido de bus, comenzó a sangrar por la nariz. Era algo que no le ocurría desde que tenia 13 años. Toño había buscado en sus bolsillos sin encontrar ni pañuelos ni nada que hubiese podido ayudarlo. Lo único que pudo hacer fue quedarse quieto e inclinar la cabeza hacia atrás hasta que la hemorragia nasal se detuviera. Desde esa posición absurda, sin poder ver lo que pasaba a su alrededor, Toño escuchaba a transeúntes especular sobre su estado.

Transcurrió un tiempo con Toño en esa posición hasta que la disminución del oxigeno en el cerebro hizo que su túnel visual se fuera cerrando poco a poco. Se sintió solo, como flotando en medio del cosmos a millones de años luz de la tierra. Toño se había convertido en una esfera de energía navegando por el espacio en total calma cuando de repente una voz femenina preguntó “señor, le pasa algo?”. Contestó que se le había venido la sangre por la nariz (de nuevo podía hablar). Conversaron un rato mas. El pliegue de la carótida lo mantenía aún en estado de alucinación y le pareció que él y la mujer eran dos batracios gigantes del lago Titicaca, intercambiando mensajes plácidamente por medio de burbujas. La joven le recomendó que comiera maní que porque seguro eso era falta de hierro.

Luego perdió el sentido.

Toño no lo recordaría nunca, pero un capitán del cuerpo de bomberos de la ciudad lo había visto y, con ayuda de la mujer, lo había metido en un taxi y mandado a su casa.

De todo eso, a Toño no le quedaba ese 24 de diciembre nada distinto a un sentimiento de zozobra y de guayabo, parecido al que sintió el primer hombre que al bajar del árbol a las planicies del áfrica se dio cuenta de que ya no se iba a poder volver a trepar. Toño estaba a punto de ponerse a llorar, pero tenía un poco de afán. Metió las manos en los bolsillos para buscar las llaves y fue justo ahí cuando se produjo el milagro de navidad, en su bolsillo encontró un papelito en el cual estaba escrito un numero de teléfono junto a un nombre femenino.

6 Comments

  1. sergio
    December 20, 2016 #

    Inspirado en un post de facebook y sus comentarios, pero sin ninguna relacion con personajes o lugares de la vida real

  2. Juan David Vélez
    December 20, 2016 #

    jajajajajajajam que requete nota. “se convirtió en un campo eléctrico por un momento, lo cual le pareció muy raro porque nunca pudo entender bien los campos eléctricos, no como los campos magneticos que siempre le parecieron veinte millones de veces más simples y bacanos.” Que casualidad, justo te iba a decir que cuando ibas a escribir otro cuento. jajajajaja, cualquier intento de darle seriedad a este blog me lo tiro yo con estos comentarios mios de segundo de primaria. Hey, en Medellin el nihilista de oficina atascado en un segundo piso es poco común, somos poquitos.

  3. Ana María
    December 20, 2016 #

    Jajajajajaja ¿Cuál post de FB?

  4. Juan David Vélez
    December 20, 2016 #

    Yo vivo con ganas de plagiarte y escribir un cuento yo también. Ojalá algún día.

    • sergio
      December 20, 2016 #

      Dale!

  5. Juan David Vélez
    December 20, 2016 #

    “Esa versión enternecedora del homo sapiens”. jajajajajajajajajajajaja

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